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Culto

«HABEMUS PAPAM»,entre la Algarabía y la Cautela
 


Benedicto XVI.

Buenos Aires, 19 de Abril de 2005

Hay nuevo Papa. La noticia llegó con la inmediatez de la tecnología. Las imágenes del humo claro escapando de la chimenea sirvieron de contraste. A la velocidad del siglo XXI la detuvo por instantes, al menos, un símbolo que va más allá de los tiempos: el humo. El fuego.

Quizá, el fuego deba entenderse hoy más que nunca en todas sus dimensiones . Alumbra, es cierto. Pero puede dañar, quemando. En todos los casos, sin embargo, el fuego convoca....

Y aquí comienzan a enredarse la algarabía de contar con nuevo Pontífice en la Iglesia y en la vida, con aquella otra sensación que paraliza.

Posiblemente se trate de una deformación profesional, de lo contrario no se explica que el temor gane su espacio en este escenario donde debiera de caber sólo seguridad.

Pero es que, sacando por un segundo no más, la vista del televisor se advierte que vivimos en la Argentina. Entonces, tal vez, el miedo se justifica.

A juzgar por los últimos acontecimientos relacionados al tema del asesinato o del aborto, es factible sospechar que hay cierto aire anticlerical en el país. En rigor, en algunos sectores con poder de la Argentina.

La generalización sino acarrea injusticia y fastidio. De ese modo, y aunque en nada modifique la sensación que experimenta el mundo católico -y me animo a extender al mundo todo con nimias excepciones-, es dable esperar que surjan voces de malevolencia.

Desde que se han abandonado las tradiciones, desde que mantener los valores esenciales de la humanidad se ha tornado tema de debate, el cambio dejó de ser una herramienta sustancial para el progreso del hombre y pasó a ser un slogan maniqueo que oculta tras de sí intereses espurios, argucias políticas, objetivos confusos.

Se ha coronado al cambio, en su faz más turbia haciendo creer que todo debe trastocarse inexorablemente. Aquello que no se modifica perece o mejor dicho es aniquilado aún cuando la realidad muestra que, para que el mundo avance siempre hay y habrá algo que no puede ser transformado.

Ahora bien, si aceptamos esta necesidad de mantener incólumes principios y valores y pugnamos para que así suceda, no es de extrañar que surjan etiquetas y rotulados peyorativos con la única finalidad de cercenarnos.

No se trata, en verdad, sino de la dialéctica de grupos alineados generalmente a la izquierda que precisan alterar, esencial y potencialmente, todo el escenario y el andamiaje valorativo del ser humano para poder instalarse. No tienen sino, espacio donde desplegar las banderas del odio y la necedad.

Claro qué, si acaso consiguen su fin no poseen luego, qué instaurar a cambio de lo que han diezmado. Carecen de lo fundamental: estructura sólida donde el hombre pueda sujetarse cuando el mundo se le vende alienado y el nihilismo aparece como doctrina junto al vacío como leitmotiv de la vida.

Por eso, por esa siniestra corriente de terquedad que acecha en cada esquina y que se ha afirmado en demasía en estos últimos años en la Argentina, es que la alegría de un nuevo Papado se ve acompañada de la cautela.

El simplismo y la necesidad de mantener oprimido al pueblo para hacer de él un instrumento servil tratarán de hacer mella en la figura del Sumo Pontífice, Benedicto XVI.

Así, bastará su condición de alemán para que esa izquierda malavenida intente situarlo en el marco del nazismo o bastará su condena a la inmoralidad para que se lo tilde de puritano extremista.

Si acaso deja de lado los eufemismos se lo acusará de atentar contra los falsos derechos humanos que proclaman el homicidio disfrazándolo con otros vocablos.

Antes que esto suceda, será preciso que cada uno de nosotros tome conciencia de que la fumata clara dando cuenta de la llegada del sucesor de Juan Pablo II es mucho más que un anuncio. Es una alerta a la fe, a la verdad, a la humanidad. Es la faz benévola del fuego que busca la unidad.

Si se expanden las crónicas oscuras en los medios, si se hace del histórico suceso un tema de polémica barata en mesas televisivas tratando de separar y dividir aún más a la sociedad o presentando la falsa dualidad ortodoxia vs. apertura -falsa porque hay cosas que no pueden ni deben cambiar para que el mundo avance y se desarrolle justamente -, pongamos un poco de sentido común y evitemos terminar comprando quimeras destructivas y maléficas.

Imposible es impedir o frenar de otra forma la terquedad intencionada de sectores que, para dominar, necesitan vaciar de humanidad al hombre.

“Habemus Papam”

por Gabriela Pousa


Comentario

19 de Abril de 2005

En 1968 el teólogo bautista Harvey Cox publicó un libro que tuvo fuerte repercusión no sólo entre los fieles de su confesión religiosa sino entre otros, en especial en la Iglesia Católica, produciendo importantes debates y cuestionamientos.

La obra, llamada “La Ciudad Secular”, planteaba el crecimiento del individualismo y el materialismo en las grandes aglomeraciones urbanas, unidas a la indiferencia religiosa.

Sin embargo aún había quienes creían en algo, pero no animaban a determinar en qué, por eso Cox denominó a esta tendencia como “la teología de la muerte de Dios”.

El Ser Supremo, decía, no tenía espacio en medio de los rascacielos y la tecnología que comenzaba a transformar una forma de vida dando al hombre nuevos horizontes. Por ello las religiones debían reformular su modo de transmitir las creencias.

Según el autor, la escala de valores que podía imponerse en la sociedad era la denominada “del hombre Playboy”, en alusión a la famosa revista fundada por Hugh Hefner: valorar al ser humano por lo que tiene y no por lo que es.

La ambición por lo material era lo prioritario en este caso, y no había lugar para lo espiritual. Así esta tendencia se fue expandiendo en el tiempo.

Un tiempo después otra obra, ésta de Enrique Rojas, “El Hombre Light” señalaba el hecho de la vida sin referentes, con un vacío moral y con el consumismo como único norte digno de ser estimulado.

Ante esa situación, las grandes religiones, incluida la Iglesia Católica, tuvieron dos opciones: mantener su doctrina intangible o producir cambios en ella, en apariencia más populares pero que terminarían por destruirlas.

Los Papas que conocimos marcaron cada uno una etapa distinta, con un estilo personal de vida, pero la doctrina de la Iglesia permaneció inalterable.

Desde el Concilio Vaticano II en adelante hubo cambios en la Iglesia, pero para buscar llevar el Evangelio a la sociedad actual, como la celebración de la Misa en distintos idiomas, no ya sólo en latín, o con el sacerdote frente a los fieles; estas cosas que hoy nos parecen cotidianas no se habían concretado décadas atrás.

Sin embargo, eran y son cambios en costumbres y estilos, no en el fondo del mensaje que se quiere transmitir. El pontificado de Benedicto XVI tendrá un estilo distinto al de su antecesor, pero los valores de la fe seguirán inalterables.

Sin embargo, la ciudad secular de hoy juzga a quienes quieren mantener puros los ideales de su creencia religiosa –cualquiera ella sea- y en una actitud más dogmática que aquella que critica los excomulga de la felicidad que según sostiene es la única verdad.

Benedicto XVI no lleva más que horas como Papa y ya ha recibido críticas; quizás se piensa que minando su figura podrá destruirse la creencia de los fieles y así seguir avanzando en la instauración de un mundo en el cual el hedonismo, lo material y lo superficial sean los valores a imponer.

También en esto tienen un papel importante los medios de difusión: cuando se analiza un tema específico debe consultarse e invitar a especialistas en ese tema; así ocurre en medicina, ciencia, tecnología y otras disciplinas.

Pero para opinar sobre cuestiones religiosas y dogmáticas, que requieren un conocimiento de ellas mayor al común, los postulantes son muchos y no parecen faltarles papel, micrófono o cámaras de televisión.

Creo que el pontificado que hoy comienza será una época en la cual la Iglesia marcará la diferencia entre la fe y el secularismo, entre los valores que llevan al ser humano a ser mejor y los que lo hacen bajar escalones en su dignidad.

por Alberto Auné  


Créditos:

  • Publicado en el weblog de Gabriela Pousa en Edición I.

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