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Historia Argentina

José de San Martín, el hombre
 


San Martín | CEDOC.

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  • En estos renglones, no escribiré de su nacimiento en la inhóspita Yapeyú, ni de sus inicios como soldado en la Península Ibérica, ni de su formación en caballería, infantería y marina, ni de su bautismo de fuego en Orán, ni de su actuación en el campo de batalla de Bailen, ni de su participación en la Logia Lautaro, ni de la creación de los Granaderos a Caballo, ni de su trabajo en el Ejército del Norte, ni de sus planes en su amada ínsula cuyana, ni de sus entrevistas con los pehuenches, ni de su calidad de estratega para pensar la liberación de América y de digitar la “guerra de zapa”, ni de su gran hazaña del Cruce de los Andes- comparada tantas veces con la de Aníbal y con las campañas napoleónicas- ni de su valiente participación en las declaraciones de independencia de Argentina, Chile y Perú, ni su obra como Protector del Perú, ni de las operaciones de “ puertos intermedios”, ni del tan renombrado encuentro con Simón Bolívar en Guayaquil, ni de su ostracismo, ni de su sable corvo, ni de sus últimos días.

    Dedicaré este espacio para explayarme en algunas de las virtudes del hombre, sin olvidar- parafraseando a Terencio- que nada de lo humano le era ajeno. Manuel Belgrano, rescató los valores del Libertador en varias de sus cartas, en una del 25 de diciembre de 1813 sostuvo: “estoy firmemente persuadido que con Usted se salvará la Patria.”

    La integridad de San Martin se hacía carne en hechos concretos en los que demostró la austeridad en tiempos de crisis, su generosidad y sacrificio para lograr la independencia de los pueblos americanos. Sirvan de ejemplo pequeños – grandes actos como cuando nombrado gobernador de Cuyo, en 1814, renunció a la mitad de su sueldo, o cuando después de la victoria de Chacabuco el Cabildo de Chile lo recompensó con 10.000 pesos que él agradeció pero dispuso que se los destinara a la formación de la Biblioteca Nacional, o cuando recibió en su residencia en Santiago una vajilla de plata y la devolvió con las siguientes palabras “no estamos en tiempo de tanto lujo, el Estado se halla en necesidad y es necesario que todos contribuyamos a remediarla” y en el mismo acto rechazó “el sueldo que se me tiene señalado por este Estado.” Y cuando el mismo Cabildo le donó una chacra, asignó la tercera parte al Hospital de Mujeres y dotó un vacunador para frenar la expansión de la viruela.

    No le importó sacrificarse en pos de sus objetivos. Así lo expresó en varias oportunidades a su amigo Tomás Godoy Cruz, como cuando en 1815 le escribió: “todo es necesario que sufra el hombre público para que esta nave llegue a puerto”, refiriéndose a la libertad de América, o cuando en otra carta le recalcó: “si queremos salvarnos es preciso grandes sacrificios.”

    Su modestia quedó registrada en letras de molde en el periódico El Independiente del Sur cuando, luego de la victoria de Maipú, volvió a Buenos Aires el día antes de lo previsto, de noche y de incógnito, para que su llegada pasara desapercibida. Su posición ante la ambición la dejó por escrita en varias ocasiones, así le manifestó a 0’ Higgins: “No me cabe en mi imaginación cómo hay hombres que, por ambición o pasiones personales, quieran sacrificar la causa de América.”

    No quiso participar en guerras civiles ni en enfrentamientos que consideraba estériles y así lo expuso en varios papeles como en la carta al entonces gobernador de Santa Fe, Estanislao López: “Unámonos, paisano mío, para combatir a los maturrangos que nos amenazan divididos seremos esclavos…depongamos resentimientos particulares, y concluyamos nuestra obra con honor... Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas...”
    El Libertador, a pesar de las innumerables calumnias, sostuvo su posición cuando escribió La Proclama a las Provincias del Río de la Plata el 22 de julio de 1820 anunciando su campaña al Perú: “No, el general San Martín jamás derramará sangre de sus compatriotas, y sólo desvainará su espada contra los enemigos de la independencia de Sud América.”

    Cuando en 1822 abandonó definitivamente el suelo peruano recalcó: “Mis promesas para con los pueblos en que he hecho la guerra están cumplidas; hacer su independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos” … ”En cuanto a mi conducta pública – mis compatriotas- como en lo general de las cosas- dividirán sus opiniones, los hijos de éstos darán el verdadero fallo.”
    Después de cinco años de vivir en Europa, regresó al Río de la Plata y al enterarse de las luchas fratricidas, decidió no desembarcar “no perteneciendo ni debiendo pertenecer a ninguno de los partidos en cuestión.”

    En tiempos de pandemia, que azota al mundo entero, es cuando aparecen las peores miserias, pero también las mayores virtudes del ser humano y es oportuno recordar algunos aspectos de un gran hombre: integro, austero, generoso, sacrificado y modesto. Que a la luz del ejemplo sanmartiniano surjan en cada uno de nosotros los valores tan necesarios en estos días.
     


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