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Historia

Huellas de la cultura Ansilta
 


Una de las momias estudiadas era un hombre que perteneció a la Cultura Ansilta. Vivió hace 2.000 años en el actual territorio de San Juan, Argentina/Archivo.

La erosión del tiempo no logra borrar las trazas humanas. A más de 1500 años de su extinción, expresiones icónicas de culturas ancestrales vuelven a entregar vestigios de su existencia.
La UNSJ, a través del Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo “Profesor Mariano Gambier”, perteneciente a la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes, el pasado 30 de junio tomó contacto con una manifestación arqueológica en una gruta del área Ureta, ubicada en Calingasta.

El hallazgo se trata de dos pinturas rupestres en color rojo situadas a más de dos metros de altura en las paredes laterales internas de la gruta.
La primera, ubicada en la pared sur, presenta una mejor conservación y visualización. La gruta representa uno de los ámbitos de ocupación prehistórica que pueden atribuirse a la denominada y definida por M. Gambier como “cultura de Ansilta”, que se desarrolló en la región entre los años 1800 a.C. a 500 d.C.
Los grupos de esta cultura se instalaron y vivieron durante 2.000 años en los microambientes de la base de la Cordillera Frontal, especialmente la Cordillera de Ansilta, por la cual recibió esa denominación.
 


Hacia el lugar

La jefatura de la Agrupación X San Juan de Gendarmería Nacional hizo público, el 28 de junio pasado, el encuentro de un posible sitio arqueológico en Calingasta. A pedido de la Dirección de Patrimonio Cultural y del Vicegobernador Marcelo Lima, la Directora del Instituto de Investigaciones, doctora Catalina Teresa Michieli, viajó junto con el arquitecto Luis Orellano, representante de aquella Dirección gubernamental, a dicho departamento.
El día 30 de junio partió una comisión integrada por Catalina Michieli, Luis Orellano, el Subalférez Exequiel Pizzeta y el Sargento José Ahumada. Desde la Pampa de Ureta, hasta donde viajó en vehículo, la comisión realizó el trayecto a lo montado hacia el lugar señalado.
 


Ubicación del área

El área Ureta-Uretilla corresponde al piedemonte del extremo septentrional de la Cordillera del Tigre, límite entre las provincias de San Juan y Mendoza. De los cerros Pircas y Ureta nacen dos arroyos que corren con dirección sudoeste-noreste hasta insumirse en la Pampa del Leoncito.
El Arroyo Uretilla corresponde a un pequeño curso de agua entre lomadas bajas y el Arroyo Ureta corre casi paralelo al anterior a una distancia de aproximadamente 3 km al sur.
En ambos casos los cursos de agua y la protección de las barrancas determinan la conformación de ambientes microclimáticos, comprobados por las características de la flora y la presencia de guanacos en el lugar. Los cauces de ambos arroyos constituyen una vía de albergue y tránsito entre la Precordillera y el río de Los Patos, tanto para la fauna como para el hombre.
 


La gruta del Arroyo Ureta

A 2.933 m de altura sobre nivel del mar en la margen derecha del Arroyo Ureta se encuentra una gruta natural de forma casi circular con la boca orientada hacia el ONO, por lo que recibe la luz solar durante casi todo el día.
Mide 9,40 m de boca, 6 m de profundidad y 5 m de altura máxima. La roca constitutiva, que se desgrana en pequeños fragmentos, tiene una inclinación hacia la boca, lo que hace que el piso de la gruta presente sólo un pequeño sector con acumulación de sedimentos que están mezclados y cubiertos con los derrumbes.
Los sedimentos son importantes porque contienen eventualmente los elementos arqueológicos que pueden haber quedado conservados de tiempos prehistóricos.
 


Valor cultural

La ubicación en un microambiente de altura con acceso inmediato a zonas de cacería y recolección y posibilidad de cultivo estacional en las orillas protegidas de los arroyos; la presencia de una gruta habitable con buena visibilidad, abrigo por la luz solar y agua permanente cercana y la existencia de pinturas rupestres propias de esa etapa de ocupación humana, avalan la atribución de los hallazgos a la cultura Ansilta.

El sitio es valioso porque ratifica un modo de vida, de ocupación y explotación del medio muy particular, el cual fue definido por Gambier hace varias décadas. Asimismo, la preservación del lugar en su estado actual (y especialmente de los sedimentos acumulados en el piso) permitirá tener en reserva un sitio para eventuales constataciones culturales u obtención de material para análisis diversos.
En una conferencia de prensa en el mes de julio el Gobernador dijo que se pedirá la declaración como área protegida y bien del patrimonio cultural y natural de esta área.
 


El rol de la Universidad

La UNSJ, a través del Instituto que es la unidad especializada con incumbencias en arqueología, ha participado en la identificación del sitio y en la ratificación de su importancia arqueológica.
El Instituto debería hacer el relevamiento completo de éste y otros posibles sitios del área y en especial de las pinturas que tiene esta gruta, siempre de acuerdo con la planificación de los proyectos que tiene en marcha.

Además existe el compromiso de firmar acuerdos con Gendarmería Nacional para el apoyo mutuo en este tipo de trabajos.
De hecho, el 5 de septiembre el Instituto dictará un curso de extensión para la identificación de bienes arqueológicos de San Juan destinado a esa fuerza (en trámite de aprobación por la FFHA)
 


Aquellos habitantes cordilleranos

Los grupos Ansilta habitaron suelo sanjuanino mucho antes de que lo hicieran los huarpes y de que el imperio incaico avanzara hacia estos territorios. Se asentaron (desde 1800 a.C. hasta 500 d.C.) al pie de la cordillera del mismo nombre y otros cordones que forman la Cordillera Frontal.

El color de piel de sus integrantes era oscuro. Tenían la frente amplia, pómulos salientes, nariz aguileña y ojos de tamaño mediano, no oblicuos. El cabello era lacio, corto y peinado hacia atrás. Tenían una talla que en los hombres difícilmente superaba los 1,60 m de altura y en las mujeres 1,50 m.
Las familias vivían aisladas unas de otras. Habitaban en cavernas naturales o en chozas cónicas, que a veces eran subterráneas para soportar los fuertes vientos y otras veces estaban sobre plataformas para protegerlas de las inundaciones, producto de deshielos.

Se abocaron a la cacería de guanacos y animales menores, recolectaban huevos y los frutos de la algarroba y el chañar. Explotaron la ganadería de la llama, sembraban maíz, quínoa, zapallo y porotos; la grasa animal y las hierbas eran también elementos útiles.
El arma más usada en la caza era lanzadardos o estólica; también utilizaron puñales de hueso y bastones. Las materias primas con las que elaboraron sus instrumentos y vestimentas fueron la madera, piedra, hueso, lana, plumas y fibras vegetales.

La vestimenta usual de los hombres era un cubresexo de cordeles de lana retorcida, sandalias y una manta, que habría sido su abrigo corriente, integrando su ajuar para toda la vida e incluso después de su muerte.
El atuendo de la mujer estaba constituido por una pollera de lana atada a la cintura, un cubresexo, una capa que tapaba la espalda y hombros y que cerraban con prendedores de hueso, madera y espinas.
Los cuerpos de los lactantes estaban envueltos con fajas de lana, polleras o fragmentos de tela. En los niños de más edad se observa un ajuar nuevo y completo, tal vez por la idea de que deberían recorrer un largo camino temporal después de la muerte.

Sus manifestaciones estético-religiosas se evidencian a través de pinturas rupestres de carácter simbólico realizadas con tierras de colores y resinas vegetales; y por pequeñas esculturas que representan en su mayoría animales de la región, como sapos, lagartos, caracoles o ñandúes.
Enterraban a sus muertos en el interior de grutas o en túmulos cubiertos por grandes piedras, envueltos en fardos de tejidos, con mantas de lana de camélidos o fibras vegetales, atadas con cordeles de fibras, lana o cabellos humanos.

Se encontraron adornos en los cuerpos que se hallaron en los enterratorios. Fueron los “botones” transfictivos, que se colocaban en las aletas nasales como indicadores de cierta edad y jerarquía.
No utilizaron técnicas de momificación. Las condiciones climáticas de las grutas y el PH del suelo permitieron su conservación.
 


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